lunes 12 de noviembre de 2018 - Edición Nº1421
REPUBLIK | Noticias de la cosa pública » Campo » 10 sep 2018

El campo se distancia del gobierno

En un agosto negro, Cambiemos derrumbó todas las promesas electorales hechas a la agroindustria

Como un boxeador al que le cuentan hasta diez, la mesa chica del oficialismo quedó tambaleante y en un fin de semana de pánico y locura quemó todas las naves. El país estaba expectante de los avisos, mientras los rumores se extendían como un reguero de pólvora.


En su faceta de candidato primero, y desde la Casa Rosada después, Mauricio Macri siempre cultivó una fluida relación con el sector agroindustrial. Su presencia en exposiciones como Expoagro y Palermo no pasaba inadvertida, y siempre se hizo un espacio para la foto con dirigentes de peso de ese sector.

Con la Fundación Pensar como usina generadora de ideas, el  macrismo elaboró un Plan de 13 puntos para el sector, con Ricardo “Ricky” Negri como principal referente. En esos días, el directivo de CREA soñaba con el cargo de ministro de Agricultura, al igual que el entonces presidente de la Sociedad Rural Argentina (SRA), Luis Miguel Etchevehere.

A los pocos días de desembarcar en la Casa Rosada, Macri cumplió (por una vez) su promesa de campaña para los productores agropecuarios. Así, eliminó las retenciones al trigo, maíz y girasol y bajó un 5 por ciento los derechos de exportación en soja. El sector recibió de buena manera esta noticia, pero la cadena de valor de la oleaginosa siempre reclamó –de manera moderada, claro- una mayor quita de este gravamen.

En enero de 2016, el Gobierno anunció una baja gradual de 0,5 por ciento mensual en los derechos de exportación para poroto de soja. El objetivo de esta medida era llegar a diciembre de 2019 con un porcentaje del 18 por ciento.También implementaron un complicado esquema de devolución de retenciones para productores del norte argentino, que en principio alcanzaría a todas las escalas de producción, pero finalmente se aplicó para cosechas de hasta 2 mil toneladas.

La estrategia era clara. Por un lado, mostrar una cara amigable frente a un sector que históricamente respaldó a la coalición PRO, pero sin perder ingresos fiscales. El complejo oleaginoso argentino es el mayor generador de divisas, de acuerdo a estadísticas oficiales.

La cuenta es muy sencilla. De acuerdo a INDEC, las exportaciones totales durante 2017 ascendieron a 58.384 millones, de los cuales 18.523 millones de dólares correspondieron a las exportaciones de poroto de soja y sus subproductos. Un 31,7 por ciento de los dólares que ingresan al país corresponden a este cultivo, y es claro que el oficialismo no resignaría caja, más allá de afinidades y enemigos comunes.

Con protestas de muy baja intensidad de las entidades vinculadas a la cadena sojera, Macri mantuvo una buena relación con el sector agropecuario. Pero los problemas empezaron a acumularse, porque más allá de las cosechas récords (como el promocionado caso del trigo), la cruda realidad empezaba a mostrar su rostro.

Incremento de costos productivos, dificultad para acceder al crédito, economías regionales al rojo vivo, apertura desenfrenada de importaciones y escándalos políticos salpicaron a la agroindustria nacional. El caso de Etchevehere es emblemático: A pocos días de su anhelada asunción en Paseo Colón 982, fue salpicado por el “Bono Gate”.

Suelto de cuerpo, el entrerriano exigió a su ex empleador, la SRA, el pago de 500 mil pesos por los servicios prestados, y a modo de lucro cesante hasta que empezara a cobrar su sueldo como ministro.

Fue un escándalo mayúsculo, que generó una enorme fractura en la patronal rural y tuvo como consecuencia que, después de 28 años de listas únicas, este año dos candidatos se disputen la presidencia de la entidad. Macri sostuvo a su ministro mimado, y a regañadientes –tras un tibio tirón de orejas de la Oficina Anticorrupción- Etchevehere devolvió el dinero. Y aquí no pasó nada, una marca registrada del oficialismo.

Cada vez más lejos del “supermercado del mundo” que tanto pronuncia el presidente en sus breves discursos, el rojo fiscal cada vez más acuciante empezaba a proyectar una larga sombra sobre la economía argentina. Hasta que llegó la tremenda corrida cambiaria que llevó al dólar a registrar un pico de 42 pesos.

Como un boxeador al que le cuentan hasta diez, la mesa chica del oficialismo quedó tambaleante y en un fin de semana de pánico y locura quemó todas las naves. El país estaba expectante de los avisos, mientras los rumores se extendían como un reguero de pólvora.

Al fin de cuentas, los trascendidos que circularon por el sector agroindustrial se cumplieron al pie de la letra. Volvieron las retenciones al trigo, maíz y girasol, en un rango del 10 por ciento, la soja tributará casi un 30 por ciento, hubo una tanda de 300 nuevos despidos con represión incluida y el ministerio de Agroindustria perdió su rango y fue degradado a Secretaría.

Con respecto a los derechos de exportación, hay puntos que muestran la torpeza y el callejón sin salida que queda claro tras el acuerdo con el FMI. ¿Qué opinan los productores trigueros que sembraron sin retenciones y le descontarán un 10 por ciento en 2019? ¿Qué pensarán los agricultores al momento de planear la campaña maicera? Sin dudas, fue un golpe al mentón para los cereales.

Para producciones primarias, se cobrarán 4 pesos por cada dólar exportado. De esta manera, si la divisa norteamericana sigue su línea ascendente, este tributo se diluye. ¿Las exportadoras de cereales jugarán a favor de una nueva corrida cambiaria? Cuentan con millones de toneladas de granos a su favor, y si el tipo de cambio no “les sirve”, es muy probable que tengan incidencia en la cotización de la moneda norteamericana.

En este complejo escenario, las entidades que representan a los productores agropecuarios ensayaron aireadas protestas, pero la realidad indica que acompañarán al macrismo hasta las últimas consecuencias. La doble vara del agro es evidente, porque el Gobierno los asfixia con impuestos, vuelve sobre sus pasos con un tema delicado como los derechos de exportación y degrada el espacio que genera políticas, entre otras graves medidas.

Pero las entidades agropecuarias soportan este vendaval con estoicismo, y con una débil queja pagarán los platos rotos sin chistar. Por una situación similar, pero en un contexto más favorable a nivel coyuntural, paralizaron el país por cuatro meses. 

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